por Candelaria Penido

Suave. Suaves los pies descalzos al rozar la alfombra. Suave parece que flotamos, acompasados al ritmo de la pieza sonora que acompaña la sala de proyectos especiales del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.

Pulso, de Nicolás Mastracchio fue creado especialmente para el museo. Jugando con contradicciones nos desacelera, nos despierta y altera nuestra percepción. El artista “ofrece una ambientación para que el público se conecte con sus pies a la tierra”, nos dicen en el folleto de la exposición que nos entregan apenas entramos. Prestamos atención como no solemos hacer a nuestros pies, a la forma de pisar o de arrastrarlos. Dada la circunstancia de que esta vez no están dentro de nuestros zapatos como es norma, sino paseando sin ellos, sobre una alfombra beige. Única directriz dada por el artista, entrar descalzos. Nos conectamos con el suelo, a la vez que nuestros ojos vuelan con las obras. Estas cuelgan del techo, con tanza transparente. Se bambalean si alguien pasa muy cerca. Flotan ante nuestros ojos, haciéndonos olvidar de la tierra debajo.

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Cruzar el umbral de Pulso, es encontrarnos con cuadros sin nombres, paredes blancas, luces naranja, verde y azul, elementos conocidos de nuestra realidad y cosas que no reconocemos. Es intentar entender de qué se trata, es amplificar nuestros sentidos para volver a mirar lo cotidiano de otra forma, desde otra percepción, “una más afinada. Pulso sugiere otra manera de agregar información nueva al mundo desbordado de imágenes”, nos dicen las palabras del curador Javier Villa.

Estamos frente a imágenes fijas, fotos, planos bidimensionales que no intentan ser otra cosa. Muestran elementos dispersos sobre fondos de colores. La mayoría en degradé. Delante, cuelgan objetos que marcan un vaivén. Móviles naturales. Como la cáscara de maní suspendida ante una cartulina rosa. Nos detiene, nos hace pensar qué hace ahí, qué la hace diferente de otras cáscaras de maní. Percibirla desde distintos puntos, apreciar la sombra que genera en el piso y la que genera en la pieza detrás, cómo se mueve esa sombra cuando la cáscara gira, simplemente por el movimiento del aire. Sigue siendo una cáscara de maní, pero nuestra consciencia sobre ella cambió.

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El proyecto nos induce a bajar nuestro ritmo y vemos claramente la influencia de la meditación y principios zen en el artista. Este se jacta de estos e intenta a través de su obra, brindarnos algunos de sus beneficios.

La tranquilidad nos conquista desde afuera. Nos dejamos llevar, por momentos por los sonidos de lluvia cayendo, otros de un viento fuerte, o de cuencos tibetanos sonando. Es la pieza que acompaña el video, imagen fotográfica, esta vez tridimensional. Gobierna la sala, a pesar de estar la pantalla, oculta tras un gran cuadro. Marca un inquebrantable fluir, nos pone frente a una superficie acuática intervenida con elementos extra naturales, que se mueven. Cintas, papeles, corchos que Mastracchio⁓ arrastra por el agua, gracias a una tanza que tienen atada. No vemos su mano, salvo por el reflejo que cada tanto es visible en la sombra de los árboles sumergidos. El video avanza, mientras nosotros lo vemos, sentados en unos almohadones redondos, cómodos, relajados. La imagen cada vez con más zoom nos guía en la inmersión.

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“No se trata de la imagen o los objetos sino del ambiente y la sensación que ese ambiente genera”, dice el artista en el video promocional de la muestra.

Ficha técnica

Museo de Arte Moderno de Buenos Aires

Exhibición: Pulso

Hasta el 13 de marzo.

 

 

 

Un comentario en “Mirar diferente, la propuesta de Nicolás Mastracchio

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