Por Candelaria Penido

O Contemporaneidad, Modernidad y Retromodernidad. Rasgos que engloban las obras exhibidas en Latinoamérica: Volver al Futuro, en el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires.  

Gris solemne, vidrio y acero, propios elementos que imaginamos en un edificio moderno. Esta vez combinados con pisos de madera, que le otorgan una singular nota acogedora. La exhibición Latinoamérica: Volver al Futuro curada por Federico Baeza, ocupa los cuatro pisos del museo. Recorriendo los espacios amplios y las rampas alargadas el espectador se sumerge en un camino de deconstrucción de las formas propias de la sociedad y construcción de nuevas formas de sentido. A partir del diálogo propuesto entre artistas modernos y contemporáneos latinoamericanos se genera un nexo entre la obra, el espacio y el público expectante. En su gran mayoría, en esta época del año, turistas brasileños.

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“El recorrido es desarticulado y sin cronología”, nos cuentan desde el equipo del MACBA. Justamente, el curador, se basó en los trabajos de Lina Bo Bardi para “generar nuevos dispositivos de montaje y así estimular un contacto con las producciones artísticas libre de las construcciones de los relatos eurocéntricos hegemónicos.”

Con obras de más de 60 artistas, donde la forma geométrica se encuentra presente en todas las composiciones, me adentro entre los cuadros. Estos, no están colgados en la pared, sino sostenidos en el aire por una o dos barras de metal que van desde el techo hasta una base de cemento, generando ellos mismos, más allá de su contenido, estructuras artísticas en sí. Podemos hablar de abstracción geométrica, op art y arte cinético. Podemos hablar también de obras desacralizadas, donde como afirma el filósofo Giorgio Agambem en Homo Sacer. El poder soberano y la nuda vida I, “se traslada lo sagrado al plano de lo mundano sin que se produzca un cambio de sustancia, es decir, sin que se desactive el poder de los sagrado y su estructura”. Se construye así, otra narrativa, como cuando en la muestra nos exhiben la parte de atrás de los cuadros, con sus anotaciones desprolijas, resquebrajando el aura sacra alguna vez otorgada.

La exhibición incita a volver a lo básico de las formas, para “repensar las gramáticas de una visualidad general”, nos dice Baeza con palabras en la pared. Sus cuatro partes, en cuatro pisos, reúnen obras que se complementan y completan.

El espectador se encuentra, apenas deja atrás el vidrio que separa la mesa de entrada, con la sección Unidades mínimas de la visualidad. Reinan los puntos, las líneas, el plano, el color y el contorno. Las siete obras a la derecha, colgadas del techo, no permiten apreciar el cuadro y saber su autor a la vez. Se debe dar toda la vuelta a la estructura para conocer al artista, la fecha y los materiales. Los puntitos de color que resaltan en un mar de blancos y negros, en los dos cuadros de José Da Silva Costa, marcan un desplazamiento, anticipando el que nosotros, como espectadores deberemos hacer si queremos conocer los datos técnicos de los cuadros. Otra obra que llama la atención en esta primera parte es “Sistema de tránsito y reescrituras”, de Julián Terán. Un mapa casero, pinchado a la pared donde podemos jugar sin contar el tiempo. Entre puntitos que simulan constelaciones, líneas que parecen inconexas, círculos y poemas o canciones folklóricas argentinas. Textos con letra casi incomprensible, pero que juntos logran apropiarse del mundo y representarlo como Terán lo vive.

“Sistema de tránsito y reescrituras”, de Julián Terán 2.jpg

La duda al llegar al final de esta primer parte es ¿bajar o subir? Sin saber bien porqué, yo bajé.

En el primer subsuelo descubro la sección, La imagen como emblema. “Emblema como ente principal: religar el arte y la vida”. La decisión del curador fue disponer las obras de forma tal que el público recorra el salón empezando por la izquierda, en contra de las agujas del reloj, obligándolo a un parate en lo dado por automático. Así, nos encontramos con una obra  bastante llamativa, o mejor dicho, la más “instagrameable” de la exhibición. “Beat”, de Iván Navarro. Un gran tambor antiguo, o vintage, tal vez como concepto de autenticidad según propone Pablo Schanton en su texto Sobre Fiesta Ramona Fin de Milenio.

Con espejos y luces led dentro, introduce al espectador en la obra, multiplicándolo y dando sensación de borrosidad ante el vértigo. Con “Pesos” de Mariela Scafati, se hacen visibles nuevas formas de leer y conocer. Pieza compuesta con sogas y pinturas en rojo suspendidas del techo. Donde no existe una única forma de apreciarla, sino que depende de los distintos puntos de vista desde donde nos coloquemos a la hora de verla. A veces, nos encontramos frente a cinco placas en distintas tonalidades de rojo, pero si nos recostamos en el piso, solo vemos una plancha completa.

Si seguimos bajando al segundo subsuelo, Futuros utópicos y distópicos nos presenta escenarios imaginarios y materiales. Propios de nuestra realidad. Mi obra preferida en este sector fue, “Espectro” de los artistas argentinos Mariano Del Verme y Bárbara Kaplan. 32 hilos que simulan la luz, iluminando de negro como un spotlight en una esquina vacía. Círculo hecho con clavos y grafito. Otro, el video de “The Space Around” de Emilio Chapela, que cuestiona en sus 22 minutos, la relación del hombre con la naturaleza y la tecnología. Se hace presente su fuerza en construcciones inmensas junto con la destrucción de espacios y realidades que vienen aparejadas.

“Espectro” de Mariano Del Verme y Bárbara Kaplan

La última parada, el primer piso, se encuentra la sección Retromodernidades. Propone una desactivación de la noción de novedad. A mí, me hace pensar en el concepto presentado por los teóricos holandeses Timotheus Vermeulen y Robin van den Akker, de Metamodernidad. Utilizado como “metáfora de péndulo entre lo moderno y lo posmoderno,” no como algo lineal y cronológico, sino como una suspensión entre múltiples polos. “En medio de la ironía y el entusiasmo, la naturaleza y la cultura, lo finito y lo infinito, lo común y lo misterioso, la estructura formal y la des-estructura formalista”, afirman en Notes on metamodernism, Journal of Aesthetics and Culture. Contrastes que se ven en “Bublé” de Daniel Joglar, donde se fractura la visión con materiales extra-artísticos, introduciendo inocentemente la realidad.

El Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires nos invita a reflexionar sobre cuestiones que pueden considerarse enterradas por la contemporaneidad o solo retratadas por el arte moderno, hasta el 3 de marzo. A pesar de que faltan un par de obras de Marlena Kudlicka, retiradas para restaurar, Latinoamérica: Volver al futuro nos sumerge incuestionablemente en líneas borrosas y espacios inciertos, desde el primer paso.

Ficha técnica 
Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires
Exhibición: Latinoamérica: Volver al Futuro
Hasta el 3 de marzo.
Artistas: Roberto Aizenberg, Manuel Álvarez, Sergio Avello, Amadeo Azar, Carla Bertone, Gabriela Böer, Erica Bohm, Martha Boto, Juan Sebastián Bruno, Valeria Calvo, Ulises Carrión, Emilio Chapela, Lothar Charoux, Marta Chilindrón, Marcelo Cidade, Marcos Coelho Benjamim, Elías Crespín, Carlos Cruz Diez, João José Da Silva Costa, Mariano dal Verme, José Dávila, Marcolina Di Pierro, Verónica Di Toro, Lucio Dorr, Manuel Espinosa, Maria Freire, Marcius Galan, Andrea Galvani, Silvia Gurfein, Graciela Hasper, Carlos Huffman, Enio Iommi, Daniel Joglar, Irina Kirchuk, Gyula Kosice, Marlena Kudlicka, Guillermo Kuitca, Silvana Lacarra, Estefanía Landesmann, Federico Lanzi, Lux Linder, Los Carpinteros, Raúl Lozza, Macaparaná, Víctor Magariños, Marco Maggi, María Martorell, Nicolás Mastracchio, Julia Masvernat, Miguel Mitlag, Ascânio MMM, Iván Navarro, Marie Oresnanz, Damián Ortega, Alejandro Otero, Matilde Pérez, Gilda Picabea, Rogelio Polesello, Déborah Pruden, Martina Quesada, Inés Raitieri, Kazuya Sakai, Zilia Sánchez, Tomás Saraceno, Mariela Scafati, Mira Schendel, Analía Segal, Gabriel Sierra, Pablo Siquier, Juan Sorrentino, Julián Terán, Ana Tiscornia y Osias Yanov.

Un comentario en “Deconstrucción y construcción

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