por Alejandro Dimare

Ver un film con título de capital cultural europea presentando una historia costumbrista que transcurre en un barrio de México DF me llevó a pensar en una gran distancia.

La distancia aumentó cuando observé su publicidad en blanco y negro, con un grupo de personas dolientes y abrazados en típica escena de cine italiano de los años de Rossellini, y verifico luego datos de actores, guión, productor y director mexicanos de la actualidad. Y otro tanto, cuando me invade la presencia de esa eficiente fórmula económica llamada Netflix que presenta con su poder de fuego un relato cotidiano del simple juego de vida de unas personas en un corto tiempo.

Pero esa distancia que mi prejuicio apurado desaparece cuando dejo atrás las especulaciones y me adentro al hecho artístico. Valores cinematográficos se exponen certeramente en cada elemento que da cuenta de aquella tradición de cine de autor que no abunda en estos tiempos.

Imagen y sonido que fijan un relato que fluye, tiempo interno y externo que transcurre, y una simbología que orienta las emociones, todo nos lleva a gozar del acto puro de ver “cine” en una butaca o en el anhelado sillón del living al que nos conduce la plataforma mediática.

Concluida la visita a ese mundo de película que por humano nos resulta verdadera o, al menos, como una versión creíble de una verdad, podríamos volver a su mirada y expandir juicios y valoraciones sobre su estética y demás pormenores técnicos (tan caro a especialistas y críticos) pero tal vez nos quede únicamente el recurso del recuerdo grato de un momento que nos acerque un poco más a la vida.

Roma es un gran film. Disfrutemos.

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Corrección: Julieta Toso